El aprendiz de maratoniano

Historias sencillas de carreras

martes, 28 de febrero de 2017

Destino Tokio (y 3)

Otras maratones serán más bonitas (puede), más rápidas (puede), más numerosas (puede), o incluso más espectaculares (puede), pero lo que es seguro es que no están mejor organizadas que la Maratón de Tokio. Sobre todo si tenemos en cuenta que corren del orden de 36000 maratonianos y unos 500 un diez mil (los de 10k es apenas simbólico (*). 
Desde que te inscribes meses antes, pasando por la mastodóntica feria del corredor y hasta que sales de la zona de llegada, es un ejemplo de buena organización. Nada falla, y muy pocas cosas se pueden reprochar, y estas, siempre, se solventan por un voluntario con una sonrisa. Porque una de las cosas mejores de la maratón de Tokio, son sus miles de voluntarios. Voluntarios a la salida del metro para indicarte qué camino has de seguir (tanto para llegar a la Feria, como para llegar a tu puerta de salida), voluntarios en la feria del corredor que te guían y ayudan, voluntarios durante toda la carrera (¡casi un voluntario cada 100 metros en todo el recorrido!), voluntarios que te dan cariño cuando llegas, voluntarios educados en su trabajo y entrenados para satisfacer cualquier necesidad que pueda surgir por parte de un corredor (*). Ni un mal gesto, siempre una sonrisa, buena voluntad, respeto al corredor. Llegué a la Feria el día anterior a la carrera y 20 minutos antes de la hora de apertura. Éramos ya miles de corredores haciendo cola mediante el típico sistema de pasillos hechos con cintas. Pudimos ver, desde la cola, la febril actividad de los voluntarios preparándolo todo para poder entregar los dorsales. En un momento dado, pararon toda esa actividad, para, al grito de uno de la organización, saludarnos al estilo japonés y dedicarnos una cerrada salva de aplausos. Si, se dirigieron a la cola y, nos aplaudieron. Realmente emocionante…, y antes de empezar a correr.
Centro de Convenciones
Entrada a la feria
La Feria está alojada en un pabellón inmenso, espectacular, que visto desde fuera parece hecho para La Guerra de las Galaxias. No he visto una feria más grande (y he visto muchas). Nada más entrar te van dirigiendo para recoger el dorsal, ponerte el brazalete de seguridad (sin el cual no puedes entrar en la zona de salida), camiseta oficial, probar el chip,… Todo organizado, sin esperas, a pesar de ser miles (*). Y siempre, repito, con una sonrisa. Cuando sales de la zona de “corredores”, entras en la zona abierta, y es inmensa, en cantidad y variedad. La feria del corredor más grande que jamás haya visto.

Recogiendo el dorsal
Confiado en esa organización a la japonesa, el día de la carrera salí de mi hotel “solo” dos horas antes. En Japón es prácticamente imposible que no funciones bien el metro, o que pueda haber una cola (y ahí me equivoqué en parte…). En el metro ibas encontrándote corredores, pero como había 6 puertas distintas de entrada a la maratón, nos íbamos separando en distintos transbordos para coger distintas líneas. Solo al final ibas en el típico vagón lleno de corredores hacia una gran carrera, e incluso entonces las paradas de bajada eran distintas. En cuanto pones un pie en la calle, hay voluntarios esperando para indicarte el camino. Al llegar a la puerta, te encuentras la primera retención. Antes de entrar, hay doble control de seguridad. Controlan el brazalete, el dorsal, y luego bolsa a bolsa. Pese a todo, los miles de personas, la retención es de menos de 10 minutos (*). Un vez dentro, pese a que todo está indicado y bien indicado, el pulular de miles de personas crea algo de confusión, pero es fácil encontrarlo todo: guardarropa, corrales de salida… y si hay algún problema… ¡pregunta a un voluntario!

Otra cosa curiosa: nadie tira nada al suelo y nadie hace “aguas menores” fuera de los baños portátiles. Y eso crea la segunda “gran” cola. Aun así, tampoco más de 10 minutos. Pese a los miles de pululantes corredores, nadie orina fuera del tiesto y nadie ensucia nada.
Entrada por puerta 5
Control de seguridad
Hace frio y me dejo para el corral, además de lo puesto, una camiseta extra para tirar y un chubasquero chino. En el corral bastante silencio y las ceremonias típicas de las grandes maratones, quizás un poco más: canticos, música, himnos, presentación de estrellas,… Por fín, a las 9.10 se da la salida. Desde el primer metro, las calles abarrotadas con gente animando (**). “Aito, aito, aito,…” yo pensaba que llevaba un vasco a mi lado, pero no, debe significar algo parecido a “vamos”. Es emocionante. Se pasa por las principales calles de la ciudad y los 8 primeros kilómetros son cuesta abajo. El resto subidas y bajadas siempre suaves. Una maravilla de recorrido. Nunca vi carrera más “avituallada”. Cada 2,5 kilómetros, a veces cada menos, isotónicos y agua. Y en muchos puestos diversa variedad de comida: pan, frutas variadas, zumos, fruta en puré (packs de bebé), caramelos, glucosa, geles,… Todo esto, la propia organización, pero además muchos japoneses ofrecían su propio avituallamiento. Algo increíble. Y, quitando las zonas de agua-isotónicos, nada sobre el suelo. Cada 100 metros hay voluntarios con bolsas para recoger cualquier tipo de basura. Increíble. Como la carrera tiene varios recorridos de ida y vuelta, al final ves “por el oro lado” el final de la carrera y el coche escoba y docenas de coches de limpieza para recoger la escasa basura que pudiera haber por los suelos. Un minuto después de acabar la carrera, la ciudad está limpia.


Zona de corredores
Como hacía frio, me dejé una camiseta térmica debajo de la camiseta de tiras. A veces pensaba que me sobraba, y a veces que me faltaba más abrigo. Pese a que por la humedad rompí rápido a sudar, cuando pasabas por el sol, hacía un calor tremendo, pero cuando pasabas por sombra mucho frío. Es mi peor recuerdo de la carrera, calor y frío, y mucho sudor. Afortunadamente te podías ir hidratando cada poco. Cuando vi tanta gente a ambos lados, me preocupó el asunto del “desagüe”. En cualquier otra maratón, te sales a un lado, y sin problema, pero aquí… “No problem”: cada kilómetro (o menos, en muchas ocasiones) había baños portátiles, perfectamente indicados unos 100-200 metros antes. Y cada vez te anunciaban cuando ibas a encontrar el siguiente. Impecable. Además disponías de los miles de baños públicos super limpios que hay en Tokio. De forma totalmente extraña, y supongo por la cantidad de sudor, no tuve que parar ni una sola vez en toda la carrera. Además, estaciones médicas señaladas cada kilómetro.
Todo muy indicado...



Durante toda la carrera, la animación es espectacular, pero los últimos kilómetros te ponen los pelos de punta. Y cuando llegas, la atención es exquisita. Nada más llegar están pendientes de si alguien necesita ayuda especial. Después filas de voluntarios te ponen una toalla en los hombros, y mientras te aplauden y felicitan. Más adelante otras filas te ponen una manta térmica, y te siguen aplaudiendo y felicitando. Y después lo mismo cuando te ponen la medalla, y cuando te dan agua, y cuando te van dando fruta, isotónico,… Te sientes realmente especial (*). En alguna estación fue tan emocionante que casi rompo a llorar.
No sé por qué han incluido la maratón de Tokio como la sexta “Major”. Posíblemente porque tenían que meter alguna asiática. Posiblemente porque hayan pagado mucho. Pero lo cierto que es una maratón grande, muy grande. Si no fuera por lo especial que es Londres o lo carismática que es Nueva York, posiblemente la mejor maratón del mundo. Creo que se merece estar ahí.
Impresionante ciudad

Al final, contento...
Dentro de un par de meses estaré trotando la Maratón de Madrid y volveré a maldecir la feria del corredor, el guardarropa a varios kilómetros de la salida, esos voluntarios que todo se lo merecen pero a los que nadie les dice lo que tienen que hacer, ese descontrol en la salida donde meten juntos a los de 10k, media maratón y maratón, toda esa gente que va a hacer turismo y que no se toma en serio la carrera, la falta de público en gran parte del recorrido y a veces protestando por los cortes, y… con Tokio tan cerca, todo eso me parecerá peor. Aún resuenan en mis oídos las declaraciones totalmente exentas de autocrítica de los organizadores ante los clamorosos fallos de cada año, y que atribuyen siempre a lo incívicos que son los corredores. Y me volveré a preguntar ¿cómo es posible que nos hayan dado la categoría Oro de la IAAF?, a una carrera que cada año cuida menos a los corredores (especialmente a los de maratón), cuya única preocupación es hacer caja con los miles que corren “media” o 10k. Este año estrenan la categoría Oro (¿Cuánto habrán pagado?), pero, ojalá me equivoque, cuando escriba sobre ello estaré preguntándome el porqué.

¿Y cómo me fue?  Pues para lo que he entrenado, demasiado bien.
Acabé en 3h 39m, lejos de mis mejores tiempos, pero muy contento. Puede mantener prácticamente el mismo ritmo toda la carrera y sufrí relativamente poco (y porque tiré de pundonor para no irme mucho en el tiempo al final). Un día redondo, donde además completé las 6 Majors.

(*) ¿Podrían aprender algo los que organizan la Maratón de Madrid?

(**) ¡Ya podrían aprender los ciudadanos de Madrid!

viernes, 24 de febrero de 2017

Objetivo Tokio 2

Siempre que se acerca el día de una maratón, sobre todo si es una “gran maratón”, como es el caso, uno no hace más que pensar en la carrera. La semana previa entran todo tipo de dolores, entran las dudas,… En mi caso, con las certidumbres con las que llego y teniendo en cuenta que mis últimas tres semanas de trabajo (bueno mis últimos tres meses) han sido trepidantes, sin un minuto para un respiro, llega el día en el que tengo que viajar, y apenas siento los nervios que preceden a la puesta en marcha. Mi vuelo estaba programado para la 17.20, y a medida que pasa la mañana del viaje, empiezo a darme cuenta de que mi aventura está a punto de empezar. Pero la mañana no me da tregua, y lo que debiera haber sido un traslado al aeropuerto tranquilo, se convierte en un apurado viaje mirando el reloj. Pero por fín llego al aeropuerto con tiempo suficiente y pienso: “ahora a disfrutar cada minuto, cada hora, que ya habrá tiempo de sufrir corriendo”. Empiezo a mentalizarme sobre lo que me espera, pienso en llegar al avión y regodearme en los pasos que tengo que dar hasta llegar a la salida.

Pero no contaba con las compañías aéreas. Mi viaje a Tokio hace escala en París, con traslado entre Orly y Charles de Gaulle. Según el programa de viaje, con tiempo de sobra para hacer el “transfer”, pero según llego a mi puerta de embarque se anuncia un retraso de 45 minutos. Como me conozco el percal, y perder el vuelo Paris-Tokio supondría decir adiós a la maratón, me voy al mostrador de la compañía para pelear alguna alternativa de llegar a Paris antes. Pero no hay nada alternativo que mejore la situación, por lo que toca esperar y confiar en la providencia (ya que desde hace mucho tiempo no confío en ninguna compañía aérea). Pasados esos 45 minutos (siempre mienten) llega el avión en el que tenemos que embarcar, y entre pitos y flautas, tras un embarque eterno, salimos con hora y media de retraso. A priori me he comido el margen de confianza que tenía para llegar a Charles de Gaulle.

Mientras vuelo hacia Paris, lo hago con la gran incertidumbre de saber si llegaré a conectar con mi vuelo Paris-Tokio. Realmente en manos de la providencia. No me atrevo ni a mirar todos los papeles que vienen conmigo y que tienen que ver con la Maratón, y que pensaba revisar con delectación en el vuelo. No quiero poner más ilusión en la Maratón, por lo menos hasta que tenga seguro que esté volando hacia Japón.
El avión aterriza en Orly a las 9 de la noche. Mi embarque en Charles de Gaulle es a las 10.30. Quita 20-25 minutos para llegar a la puerta de embarque, y tengo exactamente dos horas para salir del avión, llegar a la terminal y buscar el autobús de enlace. Pero una vez más, las compañías aéreas no dejan de sorprendernos. Una vez aterrizados, esperamos dentro del avión otros 40 largos minutos hasta que llega la jardinera. Desembarcamos y cuando ya parecía que la jardinera enfila la terminal, otros 10 minutos en un “stop” para dejar pasar un avión. Desespero. Pongo el pie en la terminal a las 9.50. Imposible llegar al Charles de Gaulle. De nada me sirve que me den un billete para el día siguiente, porque llegaría a Tokio con la feria del corredor cerrada y no podría correr.

Pero uno no se rinde. “¿Habría algún medio más rápido que un coche para llegar al Charles de Gaulle?”, le pregunto a la azafata de tierra de Air France. Y la respuesta es: “si, hay moto-taxis”. Y sin pensármelo, corro en la búsqueda de una moto-taxi. La broma me iba a costar 150 euros, pero eso, o adiós a la Maratón de Tokio.

La moto-taxi es una de esas motos tipo scooter, pero enormes. Te colocan un gabán, un casco, aseguran tu maleta atrás y a la autopista.  Y me dispongo a pasar los peores 25 minutos de mi vida. A 140 km/hora por carreras de circunvalación de Paris, totalmente atascadas y circulando entre coches y camiones entre los que pasábamos a escasos centímetros. No me atrevía ni a mirar al frente. Pensé “voy a morir en la M-30 parisina, y tampoco correré la maratón…”. Cuando puse un pie en tierra, ya en la terminal 2E del Charles de Gaulle me prometí no volver a subirme jamás en un cacharro así. Eran las 10.20 de la noche. Llegué a tiempo al embarque.

Pero no iban a acabar ahí los incidentes de la noche. Al llegar a mi asiento, el 29C, había allí aposentada una japonesa que insistía en que ese era su asiento. Y efectivamente lo era, por un error informático, los dos teníamos el mismo asiento. Tras otra espera, esta vez de minutos, me dice la azafata que tiene que darme otro asiento. “¿Pero de pasillo, no?” pregunto. “Si, de pasillo, aquí… en “preferente”. Bueno, algo empieza a cambiar…


Catorce horas después estoy en la habitación de mi hotel, en Tokio, esperando a que me entre sueño y escribiendo esto.

jueves, 2 de febrero de 2017

Objetivo Tokio

Un día empecé a correr. Por hacer algo de deporte. Y un poco más tarde me apunté a una carrera de 5 km. Antes de ese momento apenas era capaz de correr 5 km seguidos. Más tarde, algo más tarde, decidí apuntarme a otra carrera, esta vez de 10 km. Hasta ese momento, apenas era capaz de entrenar más de 10 km. Y vinieron otras carreras de 10k, hasta que un día  decidí apuntarme a una media maratón. La media maratón de Madrid. Eso fue en el año 2003. Aún recuerdo mis temores por pensar si iba a ser capaz de acabar, si me iba a lesionar, desfallecer. Y mi alegría al entrar al histórico estadio Vallehermoso, que era donde acababa entonces la Media, donde me esperaba toda mi familia para celebrar la proeza.

Por aquel entonces, soñaba, como algo casi irrealizable, con la posibilidad de correr algún día una Maratón. Y sobre todo me motivaba la posibilidad de estar algún día cruzando el puente de Verrazano, entre Long Island y Brookling empezando la Maratón de Nueva York. Algo así como un objetivo vital: “no me moriré sin haber corrido antes una Maratón”. Y el objetivo se cumplió. Casi sin entrenamiento específico y tirando de pundonor, acabé mi primera Maratón (y fue en Madrid) en el año 2004. Aún recuerdo las lágrimas de felicidad al entrar, entonces, en la meta del Paseo de Recoletos. Y después llegaron otras muchas maratones, y entre otras Boston, Nueva York, Berlin, Chicago y Londres. Me convertí en todo un converso de las carreras. Al entrar en este mundo me propuse hacer las “5 Majors”, las 5 grandes. Y cuando ya tenía en el bote las 5, la IAAF se saca de la manga una sexta Major: Tokio. 

Todas las maratones las corrí siempre sin tener que acudir a una agencia que te consigue el dorsal a base de pagar una buena cantidad de dinero. Corriendo “por tiempos” o gracias al sorteo “puro y duro”. Pero Tokio se resistía. Más allá de pagar a una agencia, la única manera de poder correrla era participando en el sorteo de dorsales. Y por fín, después de participar en cuatro sorteos, me ha tocado el año 2017. Ya tengo a tiro las “6 Majors”.


Queda menos de un mes para la Maratón de Tokio, y una vez más planea sobre mi cabeza la incertidumbre. ¿Pasará algo que me impida correr?. Como aquel año que a dos semanas de la Maratón de Madrid me ingresaron de urgencias con una diverticulitis aguda. O ese otro año que a falta de cuatro días de la Maratón de Chicago tuve un accidente de moto. Además de lo que mi amigo Javi Sanz llama “las cagaleras de la muerte” para resumir todos los males que acaecen en las fechas próximas a una maratón (especialmente la última semana), y que la mayoría de las veces tienen una causa psicológica, esta vez, hay motivos para estar preocupado: mal entrenamiento por causas “laborales”, una tendinitis en un pie, dos metatalsargias,… más lo que pueda caer… Una vez más, llega la hora de la verdad, y hay muchas dudas. Pero la ocasión de cerrar un ciclo, está ahí delante. Completar las 6  Majors. Seguro que si llego a la línea de salida, lo daré todo para acabarla con dignidad. La pregunta es: ¿y después qué?.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Maratón de Valencia (2016)

Hacía varios años que quería correr esta Maratón, porque todos los comentarios que me habían llegado, tanto de amigos que la han corrido, como en foros de corredores, eran esencialmente buenos. La organización se ha empeñado, desde el nacimiento de la Maratón, en convertirla en una de las mejores del mundo y desde luego, en mi opinión, es la mejor de las que he corrido en España (Madrid, San Sebastián, Zaragoza, Sevilla, Málaga, Castellón, Toral de los Vados,…), considerando una puntuación global que cubra todos los puntos de vista a valorar (trato y servicios al corredor, recorrido, clima, animación,…). Ha sido la primera maratón española en conseguir la categoría Oro de la federación internacional de atletismo (y hasta este año era la única hasta que Madrid lo ha conseguido, algo que a los que corremos Madrid nos parece increíble si tenemos en cuenta el deterioro de MAPOMA de los últimos años).
Valencia no solo ha conseguido la primera la categoría ORO. En muy poco tiempo se ha convertido en la Maratón española más grande, en términos de número de corredores y en términos de organización. Acaban más de 15000 corredores, más que en Barcelona y muchos más que en Madrid. Madrid trata de maquillar el pobre resultado de “finishers” que tiene, organizando una bonita foto en la salida donde colocan a la vez los miles de corredores que corren la media maratón con los escasos 10-12000 maratonianos que la empiezan (digo que la empiezan, porque la acaban muchos menos). Desgraciadamente Madrid es ya la tercera maratón en España, y va camino de seguir bajando puestos mientras la organización solo se preocupe de ganar dinero y no tener en cuenta a los corredores de maratón. Si se preocuparan más de los corredores de maratón y menos de la foto de Recoletos (lleno de corredores de media maratón), a lo mejor harían de Madrid una maratón grande y no un negocio.
Volviendo a Valencia. El recorrido es el más plano de Europa y además se han preocupado de preservarlo del viento. Pasa por todas las zonas emblemáticas de la ciudad, con una salida y llegada espectaculares. La feria del corredor es espléndida y bien organizada, sin esperas ni colas. La salida del 10k es asíncrona con la maratón, con lo cual no se produce la mala combinación de corredores corriendo simultáneamente por objetivos distintos). Buena señalización. Buen avituallamiento (incluyendo geles y alimento sólido). Guardarropa sin esperas (número de voluntarios y espacio bien calibrado). Excelente trato al corredor, que es el protagonista. Es realmente una maratón ORO (y ya he corrido varias). Muy recomendable.

El único punto negativo es el público. En algunas zonas escaso y, en general, poco entusiasta. Yo creo que les falta costumbre.

Mi maratón fue un poco sufrida. Corrí la primera mitad un poco por encima de mis posibilidades y eso se paga. Aun así acabé en un tiempo digno (para mí). Lo pasé muy bien en Valencia. Fui con mi mujer Ana, nuestros amigos Alfonso y Mercedes y allí nos encontramos con otros amigos. Disfrutamos de buenos arroces (gracias a la selección de Rafael, nuestro particular President), buena compañía, y la luz maravillosa de la ciudad. Todo fue perfecto (menos salir de la zona de meta, donde encontrar un medio de transporte nos costó media maratón). Volvimos a Madrid con muchas ganas de repetir.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La soledad del corredor de fondo

El Corredor alzó la vista hasta lo más lejos del horizonte, y decidió que quería correr hasta un punto iluminado que había al otro extremo del valle. Ese sería su objetivo, aun sabiendo que la distancia era mucha y el camino incierto, ya que habría de sortear varios montes, vertientes, collados y otros obstáculos que desde esa posición no era fácil adivinar. Pero el corredor es joven y de objetivos ambiciosos y con la ilusión del que empieza una carrera, cuando  los kilómetros que esperan por delante son muchos, pero las fuerzas están intactas y las piernas fuertes.
El Corredor empieza a avanzar con ímpetu, con esa luz en la mirada que refleja la ambición de llegar a donde se proponga, con una zancada fácil y un ritmo vivo. En su avance empieza a encontrarse con otros corredores que van en su misma dirección, pero a ritmos mucho más cansinos, y sin un objetivo claro. El aura del corredor y la ilusión de su mirada invitan a muchos de esos corredores a querer unirse a su carrera. “¿Podemos correr contigo?”, le preguntaban algunos, y el Corredor, generoso con todos siempre contestaba lo mismo “Corro en esa dirección, si quieres sumarte a mi objetivo y contribuir con tu esfuerzo a llegar hasta allí, eres bienvenido”.
Y poco a poco el Corredor se encontró liderando un amplio número de corredores que, antes de unirse al grupo no tenían ni objetivo ni motivo claro para correr. Y además el Corredor, a medida que pasan los kilómetros, se preocupa de todos y cada uno, indicándoles cómo pueden mejorar su rendimiento, cómo afrontar las dificultades del camino, cómo sortear los obstáculos. A veces, a los lados del camino había corredores desorientados, pero con un buen aspecto, y el Corredor también les invitaba a sumarse al grupo.
Y así el grupo iba creciendo. Y no todos contribuían de igual forma en el esfuerzo de avanzar hacia el objetivo. Algunos se mantenían siempre a resguardo de las inclemencias, salvo cuando había que hacerse visible al público que a veces contemplaba la carrera. De pronto pasaban a la parte delantera para dejarse ver, y una vez desaparecía el público, volvían a resguardarse en el seno del grupo. Otros, sencillamente se dejaban llevar. El Corredor procuraba motivar a todos, pero no es suficiente para que algunos no puedan seguir el ritmo y vayan quedándose atrás.
Después de muchos kilómetros, y viendo que el Corredor en algunos momentos parece fatigado, algunos deciden abandonar el grupo, con la idea de encontrar otros caminos para llegar al final del valle. El Corredor siempre trata de evitar la división, pero en esos grupos siempre hay alguien que se cree capaz de liderar y de correr más rápido. En alguna de esas salidas de unidades del grupo, incluso tratan de hacer caer al Corredor, pensando que así el camino será más franco sin tener que compartirlo. Pero el Corredor siempre sabe levantarse y con el paso de los kilómetros, los que se van sumando al grupo compensan a los que se van.
Y van cayendo los kilómetros. A veces, detrás de un recodo, algunos de los que se fueron y trataron de atajar por caminos secundarios, aparecen exhaustos en un arcén y el grupo del Corredor les vuelve a pasar. Los kilómetros y kilómetros recorridos hacen que la convivencia en el grupo se vaya tornado compleja. No todos contribuyen igual en el esfuerzo y muchos cuestionan el liderazgo del Corredor. Y ocurre que al llegar a una bifurcación importante, la gran mayoría opta por seguir otro camino y abandonar al Corredor. La meta parece más cercana y ya han aprendido todo lo que hace falta para correr de forma óptima ¿para qué le necesitan?
El Corredor les ve alejarse en el horizonte por una senda alternativa, y comprueba con tristeza como el grupo se va desmoronando con el correr de los kilómetros. Sin el liderazgo del Corredor, el grupo de deshace como un azucarillo en una taza de café caliente. Del grupo que él creo con tanto esfuerzo y con el que corrió juntos tantos kilómetros, ya no queda nada. Y mira a su alrededor y se encuentra apenas un viejo corredor que le viene acompañando casi desde el principio de la carrera. Y el Corredor mantiene la ilusión. “Empecé solo, y ahora, al menos tengo un compañero”. Pero ese compañero, quién él pensaba era su último y fiel compañero, poco a poco, kilómetro a kilómetro, también va tomando un rumbo distinto. “Correr es duro, y al final cada cual tiene sus propios objetivos”, piensa el Corredor. “Quise hacerme la ilusión de que éramos amigos, más allá de la carrera, pero al final, solo está la carrera”.
El Corredor está solo. Ya no corre con la misma energía, pero la experiencia de tan largo camino, con tantas dificultades, le ayuda a mantener el ritmo. Después de tantos kilómetros, empiezan a doler las piernas, pero la cabeza le empuja a seguir hacia delante, a intentar llegar a la meta. No quiere mirar atrás, pero a veces el recuerdo de las horas pasadas con todos aquellos que recogió y que luego le dejaron, le inundan los ojos de lágrimas. Sigue corriendo, y aun tiene la esperanza de que al volver un recodo, allí estarán esperándole para arroparle hasta el final. Pero también sabe que conseguirá llegar, aunque sea solo, porque cayó muchas veces y siempre pudo y supo levantarse. Es la soledad del corredor de fondo.


martes, 26 de abril de 2016

London Marathon 2016: mile by mile

Cuando hace ahora un año corrí la maratón de Madrid y conseguí bajar de 3h 20 minutos, que era el tiempo límite para poder conseguir un dorsal en Londres “por tiempos”, pensé que era una señal. “Tienes que sacarte la espina de Londres”, pensé. Hace dos años corrí la Maratón de Londres, “la madre de todas las maratones” como yo mismo la definí en mi blog (http://torcas59.blogspot.com.es/2014/04/londres-la-madre-de-todas-las-maratones.html?m=0). Pese a que acabé haciendo un tiempo digno, lo pasé muy mal porque un gel en mal estado me hizo vomitar y los últimos 15 kilómetros fueron una tortura más allá de las molestias típicas de una maratón. Tenía que intentarlo.
Me apunté al “good for ages” y conseguí el dorsal de la misma manera que hace dos años (ver blog) y empecé a soñar con “mi segundo Londres”. Pero las cosas no siempre van como sueñas; casi siempre van por otro camino, y el mío pasaba por la Maratón de Lisboa y mi transito al minimalismo más extremo. Ya durante el verano de 2015 tuve un par de episodios de inflamación del metatarso del pie derecho. Cerca de la maratón de Lisboa, en otoño, volví a recaer. Pero la Maratón de Lisboa, con un suelo de adoquines en una parte importante del trayecto, me sumió en una importante metatarsalgia.
Empecé a combinar periodos de parada con entrenamientos y alguna que otra carrera, y por fin, en la Carrera de las Empresas de Madrid, en el mes de diciembre, me di cuenta de que “aquello” era serio y que debía ponerme en manos de profesionales. Ya en enero me di cuenta de que Londres peligraba, y después de alguna recaída por una mala elección de terapeuta, me puse en manos de una fisioterapeuta a base tratamientos semanales, con vistas de “llegar a Londres”.
A tres meses de la maratón, no era capaz de correr un solo kilómetro sin dolor, y lo que es peor, no aguantaba, sin recaer, ni cinco minutos en la elíptica del gimnasio. Me centré, durante las semanas siguientes en hacer bicicleta. Según se iba acercando el mes de abril, veía como el sueño de Londres se iba esfumando. Pasaban los días, las semanas, y yo sin poder correr. A falta de un mes, mi pie me permitía hacer un rato de elíptica, pero a un mes de la maratón no había corrido ni 10 km en los dos meses anteriores. Eso sí, todos los días hacía mi entrenamiento de bicicleta. A falta de tres semanas, descubrí que poniéndome una doble plantilla de espuma, aguantaba algo la carrera y empecé a correr un rato cada día; luego me pasaba bastante parte del día dolorido, pero a la mañana siguiente el pie se recuperaba y lo volvía a intentar. Al miedo de la lesión del pie, se le suma que “correr” no es “montar en bici” y después de pocos kilómetros me sentía agotado. A dos semanas de la maratón conseguí correr diez kilómetros seguidos, gracias a que lo hacía más despacio (a un ritmo que unos meses atras me era imposible sostener, por lento) y volví a “talonar” (dos años de minimalista acabaron ese fin de semana). Y el cambio de manera de pisar me provocó una sobrecarga de cuádriceps enorme. Vamos, todo un cuadro de optimismo.

A 9 días de la maratón había logrado completar, por segunda vez en tres días, 12 kilómetros seguidos, con dolor controlado en el pie y con los cuádriceps sufriendo lo justo. A una semana de la maratón, llegó la gran prueba. Había que ver si el pié y los cuádriceps podían aguantar media maratón. Salí a las 7:30 de la mañana controlando y tratando de escuchar cualquier señal anómala de mi cuerpo, especialmente el pie y las piernas. A partir de los doce kilómetros, lo que era molestia se convierte en dolor. Y en las piernas también empiezo a notar dolor. Consigo completar los 21 kilómetros digamos que “con dolor controlado”. La pregunta es: ¿cómo se recuperará ese pie en las siguientes 24 horas? ¿Cómo responderán las piernas?
Al final de la prueba la sensación muscular era similar a la del final de otras maratones (¡pero teniendo en cuanta de que esto no era una maratón!). Por eso decidí echar mano de mi remedio mágico para las recuperaciones musculares post-maratón: Rhus Tox 9CH. AL día siguiente, a seis de la Maratón, estaba otra vez como nuevo (siempre me acuerdo en estas situaciones de todos los talibanes anti-homeopatía, y de su estúpida cruzada; que me lo cuenten a mí). Y para sorpresa, el pie no estaba peor que antes de la prueba; tampoco mejor… El lunes antes de la maratón ya había tomado la decisión de correr (contra la opinión de muchos amigos y allegados que pensaban que me había vuelto loco). Y para la última semana decidí seguir mi rutina típica previa a una maratón: entrenamientos suaves hasta el miércoles, pasta a partir del jueves,… La suerte estaba echada: iba a intentar correr una maratón sin apenas preparación y con una metatalsargia aún viva.
El viaje a Londres, empezó mal. Cambio de vuelo a última hora, tres horas de retraso,… pero yo soy optimista por naturaleza y lo que empieza mal, para compensar, tiene que acabar bien. Londres nos recibe con frío y lluvia, pero con un “forecast” para el domingo algo mejor, aunque en algunas páginas de tiempo predecían nieve. Si, nieve.

La salida está programada el domingo a las 10 de la mañana, lo que no obliga a madrugar mucho para lo acostumbrado en una maratón de esta categoría. Otra cosa es cómo se duerme la noche antes (normalmente mal y poco). A las siete, me tomo mi desayuno habitual pre-maratón, me preparo con la liturgia acostumbrada y me voy a Maze Hill, en Greenwich, al área verde de salida (hay tres salidas, por colores y vinculadas a las marcas personales de cada corredor).

Desde el tren al área verde, hay un buen trecho cuesta arriba, para calentar un poco las piernas, y con un frío que pela. Decido retrasar al máximo la entrega de mi mochila en el guardarropa, que gracias a la buena organización, eso significa tener “mis cosas” hasta media hora antes de la salida. Mientras, me entretengo disfrutando de ese ambiente tan especial de los grandes eventos, las grandes maratones, en la zona de salida. La zona verde, acoge además a los retadores de records mundiales de maratón con disfraz, que allí preparan y terminan de arreglar sus disfraces, de lo más variopinto, para acometer sus retos personales. Junto a disfraces más o menos convencionales (Blancanieves, bombero, astronauta, cruzado medieval, guerrero romano, enfermera –varón-, conejita de Play boy –masculino-) a otros con más imaginación, como “zapatilla”, lavadora, botella o lata de cerveza,… Rizan el rizo los disfraces grandes (rinoceronte o tiranosaurio) o los corales (tres indios con canoa, cuatro bomberos con coche de bombero, un jinete y su caballo,…). Es impresionante lo que es capaz de hacer la gente por cuatro o cinco horas de gloria (el público les aclama de forma enfervorecida) y una línea en el Libro Guinness.

Apenas diez minutos antes de la hora de salida, entro en mi corral, y un minuto antes me deshago de la ropa que me sobra (¡esto es la organización de la Maratón de Londres!). Hasta ese momento no dediqué un minuto a pensar en la situación de mi pié y de mis piernas. Ahí y entonces, empecé a afrontar mentalmente el reto que tenía por delante. Milla a milla, legua a legua, tenía que replantearme el futuro de la carrera. Desde el primer momento, un público enfervorecido y volcado con la Maratón, que te lleva en volandas. Un recorrido favorable, agradable, en ocasiones monumental, que te conduce por una de las grandes ciudades del mundo. Y un continuo proceso de autoevaluación: ¿cómo voy de piernas?¿cómo va el dolor del pie?... A ratos las piernas eran mi problema, a ratos el pie, cuando no los dos a la vez. En un permanente escrutinio sobre qué me dolía más fueron pasando los kilómetros. Y al poco de salir ¡cayeron unos pocos copos de nieve! que afortunadamente fueron eso, unos pocos. A los diez kilómetros me pesaban ya mucho las piernas, y al paso por media maratón me encontraba con las piernas doloridas, aunque contento por haber llegado hasta allí. Entonces decidí plantearme acabar otro “diez mil”, por lo menos. No sé si por un chute de endorfinas o porque me salió el “fondo de armario”, pero en un momento dado me vine arriba y subí, de forma paulatina, el ritmo que llevaba, de tal forma que con mucho menos penuria de lo que me imaginaba llegué hasta el kilómetro treinta. En ese tramo, hasta en tres ocasiones, tuve a mi público privado (mi mujer Ana y mis sobrinos Jorge y Rosa) animándome y dándome “energía positiva”.
Y plantado en el treinta me dije: “acabo aunque sea arrastrándome”. Y paso a paso, notando en cada zancada mi pie derecho que protestaba por aquello que le estaba haciendo, conseguí llegar a la meta. Incluso en los últimos kilómetros me permití esprintar para ver si conseguía bajar de cuatro horas (me pasé por un poco más de un minuto). El último kilómetro me dejé llevar, disfrutando del espectáculo y levantando el dedo índice al entrar en meta (“uno entre un millón”). Lo había conseguido, más allá de mi metatarsalgia, del nulo entrenamiento, de todos los sentimientos negativos acumulados en cuatro meses,… Lo más difícil siempre se saborea más. Y además en Londres, la madre de todas las maratones.

Y gracias al apoyo de tantos… Ana, Mario y Rocío, compañeros (Rafas, Alfonso,…), mi fisio Sonsoles, amigos de UC3Marathon apoyando en la distancia, Anais (mi casera), Nerea, Rocío, mis sobrinos Jorge y Rosa, otros corredores compañeros de otras batallas,…
POST-POST

Me falta Tokio para completar las “6 Majors”. Muchos me preguntan cuál es la que más me ha gustado. Después de correrla dos veces, sin duda, Londres. Lo tiene todo bueno (quitando el método de admisión, para mí un pelín impresentable lo del “good for ages” solo para UK):La organización es perfecta, desde la feria del corredor (inmensa), recogida de dorsal, comprobación de chip, indicaciones, instrucciones, voluntarios,… No hay otra igual. El camino hacia la salida, el trato de los voluntarios al acabar,… TODO perfecto.

El recorrido es inmejorable, inigualable: pasa por barrios, por zonas residenciales, cerca del río, parques, y, sobre todo, por las zonas monumentales más emblemáticas, con un final espectacular. También espectacular el paso por el Puente de Londres, junto a la Torre. Como ya conté en mi crónica de hace un par de años, tiene un poco de Boston, un poco de Berlín, un poco de Chicago y un poco de Nueva York, vamos, que es la madre de todas las grandes maratones.


Respecto al público, no existe nada parecido que yo haya visto. Volcado en la carrera como en ningún sitio, en TODO el recorrido. En muchos sitios, muchos kilómetros, seis de fondo a cada lado. Son millones de espectadores volcados, VOLCADOS, en la carrera. Es algo impresionante y difícil de superar. Gracias Londres, me has permitido volver a medirme. Volveré siempre que consiga “distraeros” para conseguir un dorsal en el “good for ages”.

Maratones que he corrido

  • Maratón de Madrid: 2004 (3h 58m), 2005(3h 56m 42s), 2006(4h 15m 34s), 2007 (4h 06m 49s), 2009 (3h 40m 20s), 2012 (3h 19m 36s), 2013 (3h 13m 59s), 2014 (3h 40m 58s), 2015 (3h 19m 33s), 2017 (3h 58m 12s)
  • Maratón de Donosti: 2007 (4h 4m 52s), 2017 (3h 38m 40s)
  • Maratón de Toral de los Vados: 2008 (4h 11 m 16s)
  • Maratón de Marrakech: 2009 (3h 58m 4s)
  • Maratón de Oporto: 2009 (3h 30m 34s)
  • Maratón de Zaragoza: 2009 (3h 56m 32s)
  • Maratón de Sevilla: 2010 (3h 47m 27s)
  • Maratón de Boston: 2010 (3h 29m)
  • Maratón de Nueva York: 2010 (3h 28m 38s)
  • Maratón de Málaga: 2010 (3h 52m 16s)
  • Maratón de París: 2011 (3h 29m 43s)
  • Maratón de Berlín: 2011 (3h 23m 28s)
  • Maratón de Castellón: 2011 (3h 20m 14s)
  • Maratón Misteriosa (Tres Casas, Segovia), 2013 (3h 54m)
  • Maratón de Chicago: 2013 (3h 25m 37s)
  • Maratón de Londres: 2014 (3h 27m 58s), 2016 (4h 1m 18s)
  • Maratón de Amsterdam: 2014 (3h 28m 6s)
  • Maratón de Lisboa: 2015 (3h 34m 56s)
  • Maratón de Valencia: 2016 (3h 40m 32s)
  • Maratón de Tokio: 2017 (3h 39m 38s)

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